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Mi nuevo reporte desde Argentina

Por: Felicita Invrea

Hoy voy a hablar de otro aspecto de la cultura argentina, y más en general de la cultura latino americana, que pude conocer durante los meses de Enero y Febrero. Argentina se caracteriza por comprender varias culturas distintas en sí, sean indígenas o importadas, desde los Mapuches de la Patagonia hasta los Guaranís del noroeste. Durante mis vacaciones, hice un viaje que me permitió conocer una de las poblaciones más antiguas y los habitantes de una de las regiones más extensas de toda Latino America: la cultura andina. La Cordillera de los Andes se extende desde Chile, pasando por el Noroeste de Argentina y llegando hasta Ecuador. Un tiempo ahí reinaba el imperio de los Incas, que fundaron muchas ciudades leyendarias, entre las cuales Machu Picchu. Hoy en día la población andina todavía vive en manera mas tradicional respecto a la población de la costa argentina, sustentandose gracias al cultivo de quinoa, a la cría de llamas o alpacas y a la explotación de minas.

Otra forma muy importante de sostenimiento para esa población es el turismo: siempre más visitadores desde Europa o otros países de Latino America quieren descubrir esas zonas tan particulares y mágicas. Aquí las mujeres tienen largas trenzas negras, visten faldas y ponchos colorados y llevan un ancho sobrero para protegerse del sol. En la espalda cargan sus niños o sus mercancías en una grande faja de color rosado y verde. Venden sus artesanías en las plazas, sentadas en el suelo, o en los mercados, ofreciendo canastas de aguacate o queso por pocas monedas. En esta zona el paisaje ya no es el de las pampas gauchescas que vi en los alrededores de Buenos Aires, sino el de la puna, la meseta andina, en donde siempre hace mucho frío o mucho calor, en donde la altura puede dar dolor de cabezas y soroches, y la piel blanca de los turistas europeos se vuelve tan seca que empieza a quebrarse. Para combatir el mal de altura, la gente local – y muy pronto tambien los turistas aprenden a hacerlo – consuman hojas de coca, que son totalmente legales en esa zona. El consumo correcto es masticar las hojas hasta crear una bola en la mejilla, produciendo así un jugo que se puede tragar. Algunos, ya que ese jugo no tiene mucho sabor, agregan a las hojas un pedacito de una masa hecha de menta y stevia, con un sabor muy intenso que te quema la boca.

Los andinos veneran a la Pachamama, una entidad que representa la Madre Tierra, y que permite la vida gracias al cultivo de esa misma. Los andinos heredaron de sus antepasados los Incas la costumbre de, antes de empezar a sembrar un terreno, agradecer la Madre Tierra y pedir permiso a la montaña (otro elemento sagrado), ofreciendole algunos productos. Un tiempo se solía ofrecer llamas o en algunos casos extremos hasta niños (en casos de severas sequías, por ejemplo), hoy en día solo se ofrece parte del cultivo. En Bolivia hice un tour con un jeep manejada por un guía boliviano y noté que él, cada vez que arrancaba el coche, dejaba caer al suelo unas hojas de coca, murmurando algunas palabras entre sí. Presumiblemente fuera una forma de pedir a la Pachamama que el viaje fuera seguro y que todo nos fuera bien. Me pareció interesante que ese culto a los elementos de la naturaleza (la tierra, el agua, la montaña) derivados de la cultura incáica se mezclaron con el culto de la iglesia católica, hasta formar una mezcla rara de “paganismo” y cristianismo. Los Incas, como nos explicò el guía que nos llevó a conocer Machu Picchu, no tenían una religión, sino algo que se llama “cosmogonía”, que trataba de explicarse el origen del mundo: ellos creían que la tierra representara el femenino y el agua el masculino y desde la unión de estos dos elementos naciera la vida. Por supuesto, esa creencia sigue viva entre los andinos, como demuestra el hecho de que todavía se celebra la Pachamama durante el mes de Agosto.

Los andinos, por lo general, son gente bastante o en algunos casos muy pobre, viven con muy poco presupuesto, en algunos pueblitos sus casas son de adobe con techos de paja y los trabajos que hacen son muy humildes. Muchos venden en la calle, sobre todo mujeres por lo que pude ver. En base a las condiciones en las que venden, se puede entender el grado de pobreza de una vendedora: hay quienes tienen pequeñas tiendas o un lugar en el mercado local, que son las que estan mejor, hay quienes tienen un banquete o carrito y andan por el pueblo gritando el nombre de la mercancía vendida, y hay quienes simplemente están sentadas en el suelo con una manta delante de sí donde ponen los pocos productos vendidos. Estas últimas creo que sean las que estan peor, sus unicas entradas son las que ganan en un dia de venta, gracias a turistas o locales.

Lo que más llama la atención cuando llegas a un pueblo andino son sin duda los colores. La artesanía, la ropa que visten las mujeres, los cerros y las quebradas, la comida, todo está lleno de colores, esos colores calidos y terrosos, que saben a montaña. Cuando caminas por ahí, parece estar en otra época, o en una pelîícula, o en un carnaval. A veces traté de imaginarme si hubiera gente vestida así o con esas trenzas largas o con esas mantas en el suelo vendiedo paltas en ciudades como Roma o hasta en la misma Buenos Aires. Se vería muy raro, casi ridículo o hasta feo. Pero ahí todo adquiere otro sentido, todo ese caos de colores y gentes parece perfectamente adecuado al contexto.

Por último, menciono el idioma local: el quechua. Hay diferentes tipos de quechua en base al país (hay un quechua norteargentino, uno boliviano, uno peruano). El quechua es bastante hablado aún, pero un guía peruano me explicó que hace 20 o 30 años los que hablaban quechua eran estigmatizados, tratados como “cholos” (que es un tipo de perro, pero la palabra se volvió un insulto en el vocabulario actual), por lo tanto muchos dejaron de hablarlo. Hoy en día lo volvieron a introducir en las escuela y se está poniendo más atención al preservar las tradiciones y costumbres de la cultura original.

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