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Los barrios donde se construyen sueños

Por: Felicita Invrea

Camino hasta la estación de Sarandí, a veinte minutos de mi casa, y agarro el tren para ir a mi proyecto. Tengo que cambiar dos trenes y un “colectivo” (autobús) recorriendo un tramo que cruza el Conurbano Bonaerense, hacia el Sur de la Provincia de Buenos Aires. En el tren, lleno de gente, mujeres con bebés, trabajadores, amas de casa, cada minuto se escucha el grito de los vendedores que proponen alfajores, lapiceras, bolsas de consorcio, caramelos y cada género de producto. Esos gritos me acompañan por todo el viaje y si al principio me hacían sonreír o a veces desesperar, con el tiempo comenzaron a volverse ruidos de fondo, parte del entorno, hasta dejar de prestarles atención. El trayecto tarda una hora y media y termina, entre calles llenas de huecos que me hacen saltar cada minuto, en un barrio humilde que tiene el nombre de Villa Independencia. En Buenos Aires hay dos tipos de viviendas humildes, las “villas miserias”, que se sitúan en lugares mas céntricos y urbanizados y los “asentamientos informales”, que pueden encontrarse en zonas rurales. La diferencia entre estas dos es que las villas nacen como lugares temporales, en la espera de encontrar un lugar mejor donde vivir, mientras que los asentamientos desde su nacimiento son concebidos como algo permanente, por lo tanto se prevé la construcción de un entorno urbano más estable, como parques, canchas, escuelas, jardines de infantes, entre otros.

Villa Independencia, a pesar del nombre, me parece más un asentamiento informal, nacido para enfrentar la sobrepoblación de ese barrio en los años ‘90. Aquí surgió el merendero donde hago mi proyecto, donde todos los días de veinte a treinta chicos y chicas de todas las edades ingresan para jugar, socializar, aprender, pintar, tomar la merienda. El merendero nació en 2004 en un lugar mucho más pequeño del que es ahora. En los años siguientes, gracias al apoyo de la Fundación que lo patrocina y a un donador privado que se comprometió con la causa, empezaron las obras en otro terreno para ampliar el edificio y ahora es un lugar bastante amplio, con un lindo patio en el cual los niños pueden correr y jugar. Acá se dan talleres brindados por el Ministerio de Desarrollo Social de forma gratuita, con becas proporcionadas a los chicos y chicas que quieran participar, como los de panificación, maquillaje profesional, computación, música. También cuenta con un servicio de apoyo psico-social y escolar. La encargada es una señora amable, gasta todo su tiempo en el merendero, es como un trabajo para ella pero sin pago y recibe a todos, sean niños, padres, voluntarios locales o extranjeros, con una gran sonrisa y unas palabras de bienvenida.

Después de tres meses en ese proyecto, pedí la oportunidad de poder hacer otro en paralelo para poder ampliar mis conocimientos sobre los comedores y las organizaciones educativas en Buenos Aires. El segundo lugar al que empecé ir fue un pequeño comedor en el barrio de La Boca, en frente del Estadio de fútbol del famoso equipo La Boca Juniors, en el que jugaba Diego Armando Maradona, del cual no faltan representaciones figurativas en cualquier lado. Ese barrio es muy distinto que el otro, acá estamos en pleno centro de interés turístico, sobran tiendas de recuerdos que venden remeras, banderas y cualquier objeto con el emblema del equipo. Cualquier cosa, desde las fachadas de los edificios y del estadio, hasta los recuerdos que venden en las tiendas, los muebles en las cafeterías y las decoraciones, todo esta pintado de los mismos dos colores del equipo: azul y amarillo. En ese barrio veo un alma de contraste, porque por un lado es uno de los lugares mas famosos y poblados por turistas de Buenos Aires, por otro lado sigue siendo pobre y con bajo nivel de seguridad. La fama que tiene se debe a su aspecto urbano particular que tiene sus raíces en la historia. De hecho, los primeros genoveses que migraron a Buenos Aires fundaron La Boca dándole el nombre de un barrio de Genova (Boccadasse), y pintaron sus casas de chapa con los colores que sobraban de los barcos del cercano puerto comercial. Por eso las casas tienen esas particulares características, son todas hechas de chapa pintadas de diferentes colores, conformando así un tipo de paisaje que se ha vuelto famoso a lo largo del tiempo.

Es en ese barrio que está ubicado el comedor, de tamaño y número de niños que atiende mucho menor, en el que pude ampliar el abanico de actividades, por ejemplo brindando apoyo escolar a los chicos y ayudando a pintar el lugar para que sea mas lindo. Con la encargada del comedor y otras colaboradoras, una noche fuimos con una furgoneta a repartir comida, ropa y zapatos a familias que viven en situación de calle, fue una linda experiencia. Otro día fuimos al reparto pediátrico de un hospital público a regalar ropa y sabanas a bebés nacidos prematuros. Es interesante para mi ver la diferencia entre las dos organizaciones, una insertada en el tejido urbano y la otra alejada de la ciudad. Los niños en los dos comedores tienen recursos y atención diferentes, también las encargadas tienen una manera de relacionarse con los voluntarios distintas y para mi el reto es tomar lo bueno que tienen las dos y tratar de compensar las desventajas que cada uno de los dos proyectos tiene con las ventajas del otro.

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