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Alfonsina y el Mar-Gomel

Por: Marina Gomel

– Acabo de comprar un pasaje

– En serio? A donde vas?

– A visitarte!

Era diciembre del año pasado, y la del primer mensaje era una amiga o, como yo le digo, mi Ser de Luz: Alfonsina. De ese mensaje a Mayo, que es cuando llegó, pasaron mil conversaciones por todos los medios: whatsapp, skype (aprendimos a usarlo a la fuerza), facebook, instagram, y casi que caemos en las garras de twitter. Emoción, ansias, expectativa, un poco de miedo también, miedo al reencuentro. Todas emociones que se encontraban en mi cuerpo, y que por momentos se instalaban en mi panza y me hacían un nudo que ni dormir me dejaba.

Unas semanas más tarde me llegaría un mensaje muy similar, pero ahora de mis padres, y con este nuevo mensaje, de nuevo las mismas sensaciones que antes. Pero esta vez más fuertes, porque se trataba, básicamente, de mi familia. Me daba terror el reencuentro.

Despues de cinco meses, que a veces parecían eternos y por momentos tan rápidos que daban vértigo, finalmente llegó el 9 de Mayo. Miércoles 9 de Mayo, 11:30 de la mañana nos encontramos con “Alfon” en la estación central de Milan. Abrazo, beso, otro par de abrazos, y arrancamos el viaje, que duraría aproximadamente veinte días y que nos llevó a recorrer diferentes rincones, siempre magicos, de Italia: Milan, Venezia, Florencia, Siena, Pisa, Napoli, Capri, la Costa Amalfitana, Palermo y, por ultimo pero especialmente significativo: Roma.

Roma fue donde tuvo lugar el reencuentro con mis padres. 11:00 de la mañana llegó mi avión, que nos transportó de Palermo a Roma en una hora y media. 11:30 llegaba el avión de mis papas, vuelo no tan corto ni directo. Esa media hora fue terrible, unos nervios que hacían que me coma las unas, momentos de felicidad que me hacían saltar en una pie, y momentos de miedo que hacían que me quisiera ir corriendo. Pero pasó, y aproximadamente al medio día, la demora es una característica nata de ellos, pasaron por esa puerta gigante que tienen los aeropuertos. Abrazos que unían corazones y besos calidos fueron vistos por casi todo el aeropuerto.

Si bien estamos acostumbrados a viajar juntos (tanto con mis papas como con mi amiga), este viaje fue diverso, o por lo menos yo lo sentí distinto. Fue un pedazo de mi vida en Buenos Aires que había venido a Italia, fue el vértigo de saber que la fecha de regreso se acerca día a día, fue el reencuentro. Fue el sentirse tan querida, extranada e importante para hacerlos viajar dieciséis horas en avión.

Terminaron los veinte días y vino el momento de la despedida, o la “re-despedida”, de nuevo abrazos y besos, de nuevo emociones encontradas. Estaba latente esa sensación de “muero por que se queden acá 20 días más días” , pero al mismo tiempo sentía que mi corazón me decía “te falta un poco Bolzano y tu vida de los últimos seis meses”, pero muchas opciones no habían, así que me tomé el tren. Viajé durante cinco horas en tren, y en esas cinco horas lo único que pude pensar en mi primer despedida y ésta ultima. Me acordé lo difícil que fue la primera, principalmente el post despedida, ya en el avión sola, donde arrepentirme de la decisión no era una opción, pero era el sentimiento que siempre estaba latente. En cambio, esta “re-despedida”, fue una mezcla de emociones: felicidad extrema por volver a Bolzano, a mi trabajo, a mis amigos, un poco de preocupación por esta felicidad extrema que se apoderaba de mi cuerpo, y por momentos, breves pero intensos, sentía unas ganas fuertisimas de un abrazo como el del reencuentro: ese que une corazones.

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